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ENFRENTAMIENTO AL DUELO
Duarte Velázquez Luz María Araceli, TOL. 12-13
ENFRENTAMIENTO AL DUELO

ENFRENTAMIENTO AL DUELO

 

Duarte Velázquez Luz María Araceli

 

 

No podemos imaginarnos, que sentimientos embargan el corazón de una persona que se encuentra atravesando por un proceso de duelo, son sentimientos, tan variables y tan difíciles de descifrar que en verdad, es como una puerta cerrada y de la cual no tenemos la llave, para abrirla.

 

Desde el momento en el cual llegamos a la vida, empezamos a morir; día a día se va terminando la vida, y desafortunadamente, nadie nos prepara para ello. Nadie nos ha enseñado a querernos, a necesitarnos, a valorarnos, y cuando vamos creciendo, lo hacemos pensando en los demás, en satisfacer sus necesidades, y nos olvidamos del ser humano que vive todos los días  y a toda hora con nosotros, nos olvidamos de la persona que nunca reclama nuestra presencia, hasta el día que enfermamos o tenemos un sentimiento de dolor y de abandono: “nosotros mismos”.

 

Y llegado el momento de la pérdida irreparable de un ser querido, no lloramos su partida, lloramos por nosotros mismo, porque “no sabemos qué va a ser de nosotros a partir de ese momento” ya que tenemos un gran apego a la persona que a partido a una nueva vida, o lloramos porque quedaron asuntos pendientes, o sentimientos sin expresar y que por “falta de tiempo” o que por decisión propia nunca nos atrevimos a revelar; tomando en cuenta que el dolor del duelo no es el mismo  en la perdida de un hijo, de un hermano, de la madre, del padre o de la pareja, dependiendo de la relación que se haya vivido con el fallecido.  Y  como siempre vivimos para los demás, por eso creemos que morimos junto con la persona a la cual nos entregamos en vida.

 

Durante mucho tiempo seguimos teniendo preguntas y sentimientos de dolor, hasta que aceptamos la partida. El proceso de duelo es diferente en todas las personas, y realmente cuando ya no lloremos más su partida, su ausencia, va a ser el momento más significativo en esa relación, ya que lo estamos reviviendo sin dolor en nuestro recuerdo.

 

No debemos morir con la persona que ha dejado de existir, ya que aún quedan personas vivas, que nos necesitan y que también sufren nuestra pena; pero que no nos lo manifiestan por temor a un rechazo o a llamarlos insensibles y faltos de compresión para el momento de dolor que estamos viviendo.

Aprender a manejar nuestro dolor, nuestro sufrimiento y nuestra tristeza y saber cómo responder ante estos sentimientos, es garantía de una mejor calidad de vida; pero a pesar de que nos lo proponemos y queremos dejar de sufrir, a menudo se queda precisamente en eso: en un intento.

Pero no tiene porque ser así. Porque si sentimos que ya no podemos más con este dolor, con esos sentimientos de culpa, y de de soledad, podemos buscar el apoyo de personas profesionales, especializadas en la ayuda a personas que sufren por la pérdida de un ser querido (Tanatólogos). Pero nos cuesta trabajo reconocer que tenemos problemas, y es difícil aceptar o pedir la ayuda de otras personas por lo que resulta mucha más complicada la recuperación.

La falta de comunicación con las personas que nos rodean, hace más difícil la recuperación ante una perdida ya que asumimos, que no nos comprenden, que no sienten nuestro dolor y hasta llegamos a creer que nos hemos convertido en una carga para ellos.

A veces el sentirnos solos hace que busquemos refugio en los ojos o en el corazón de nuestros acompañantes, con la esperanza de encontrar ese reconocimiento del que carecemos. Y lo cierto es que cuando el otro no nos dice o no da eso que necesitamos oír o sentir; otra vez nos sentimos vacios y carentes de algo que buscamos una y otra vez en nuestro corazón vacio.

 

 

Toluca, 2012-2013