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La mejor manera de recordar a los muertos
Dr. Gregorio Zúñiga Villanueva
La mejor manera de recordar a los muertos

La mejor manera de recordar a los muertos

 

Dr. Gregorio Zúñiga Villanueva

 

Se ha hablado mucho ya de los efectos que la muerte tiene en quienes aún se quedan viviendo, sin embargo, es importante reconocer también los efectos que la muerte tiene sobre los propios muertos.

 

Una de las grandes características de la muerte es su capacidad de funcionar como catalizador y enfocarse solo en ciertos aspectos de la memoria de aquellos a quienes recordamos. Pareciera ser que solo tenemos dos opciones: la gloria o el desprecio hacia nuestros difuntos. Para poder tomar nuestra decisión tendremos que completar tres etapas al momento de recordarlos.

 

La primera etapa es la selección de la información recordada. Si la persona fue en vida principalmente buena u obtuvo grandes logros en beneficio de quienes lo rodeaban tenderemos a recordarlo y reconocerle las cualidades y resultados compartidos. De la misma manera, aquellos que fueron principalmente negativos u ocasionaron algún daño importante a las personas de su alrededor serán recordados por sus fallas y defectos.

 

La segunda etapa es la magnificación de la información recordada. Una vez que hemos seleccionado lo que queremos recordar de las personas tendemos a ensalzar los hechos ocurridos, en parte por las propias fallas de nuestra memoria (ocasionando que inventemos partes de lo que no recordemos) y por nuestra mala maña de recordar sólo aquello que queremos recordar.

 

La tercera etapa es la pérdida de la realidad de la persona recordada. El resultado de recordar aspectos selectos y magnificados de quienes murieron es su despersonalización. Quienes eran buenos se convierten en santos, quienes lograron algo se convierten en héroes y quienes eran positivos se convierten en ídolos que merecen toda nuestra admiración. Se convierten en fuente de inspiración, son llamados revolucionarios, íconos y sobre todo inalcanzables. Lo contrario también es cierto, quienes tuvieron defectos son recordados como malas influencias, quienes causaron un daño son satanizados y quienes fueron negativos se convierten en apestados que merecen todo nuestro desprecio.

 

En consecuencia, nuestros sentimientos hacia ellos se verán condicionados principalmente por la postura que hayamos adoptado. La muerte de los “grandes” será siempre recordada con nostalgia, les ofreceremos tributos y serán extrañados constantemente. Pareciera ser que  el mundo adquirió un vacío con su partida. La muerte de los “despreciados” será recordada con gusto, no se celebrarán sus aniversarios luctuosos y estaremos satisfechos con su muerte. Pareciera que el mundo se ha convertido en un mejor lugar con su ausencia.

 

En ambas situaciones, olvidamos que fueron personas comunes y corrientes como cualquiera de nosotros que aún vive. Tuvieron defectos y virtudes, fallas y logros. El más despiadado de los despiadados también reía, soñaba, se preocupaba y posiblemente también amaba, al igual que el más puro de los puros se enojaba, tuvo malos días y probablemente hasta llegó a odiar.

 

Nadie en vida puede lograr ser perfecto ni completamente desperfecto. La muerte es la encargada de llevar a nuestros muertos a alguno de estos dos extremos y en caso de recordar algún aspecto antagónico tenderemos a minimizarlo. A los buenos se les perdonan sus  errores y aspectos más oscuros mientras que a los malos se les cancelan sus actos benéficos como si hubieran sido incapaces de haberlos hecho.

 

¿Cómo podemos evitar caer en este espejismo de los recuerdos seleccionados? El primer paso es volver a humanizar a nuestros muertos. Recordarlos con sus defectos y virtudes.  Es necesario que los pongamos a nuestro mismo nivel, recordar que fueron como nosotros. Sólo así podrán dejar de ser inalcanzables. Estaremos más en contacto con su esencia completa, nos acercaremos a lo que en verdad fueron en vida: personas.

 

Es aquí donde se obtienen los verdaderos frutos del recuerdo de la muerte y nuestros muertos se convierten en los mejores maestros que podríamos tener. Logramos entender que sus logros y errores fueron consecuencia de acciones realizadas y que nosotros mismos somos capaces de realizarlas y mejorarlas todavía que estamos vivos.

 

Nuestros muertos humanizados se convierten en la mejor fuente de inspiración ya que  podemos seguir los pasos dados por ellos y evitar sus caídas. Comprobaremos que los “despiadados” también fueron capaces de amar y si ellos pudieron, a pesar de haber sido tan nocivos, existe la esperanza de que podamos encontrar la manera para que los que no aman hoy en día lo hagan. Comprobaremos que los ídolos también tuvieron errores como nosotros y podremos llegar a ser tan buenos o mejores que ellos porque nos habrán dejado también dentro de su legado sus errores y dificultades. Lograremos aprender del error ajeno, evitaremos tropezar con la misma piedra que ellos tropezaron.

 

Si no humanizamos a nuestros muertos, seguirán siendo personas santificadas, inalcanzables, e incomparables cuando el mayor elogio que podemos tenerles es el integrar sus virtudes y errores a nuestra vida para saber por dónde si y por dónde no caminar. La mejor manera de honrarlos es que ellos sigan viviendo a través de nosotros y nada podría hacerlos más felices que su paso por el mundo haya contribuido a construirnos como mejores personas gracias al recuerdo que permanece de ellos en nosotros. El recuerdo de que ellos fueron en algún momento como tú o como yo.