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TÁNATOS
Esperanza Perera Coello
TÁNATOS

TANATOS

Desde que nac, por ti vivo esperando. Jams me has coqueteado, y ya pasaste a mi lado.

Rozaste con tu aliento de hielo el corazn con que amo, cubrindolo de amarga y lacerante escarcha.

Dos veces te mir de frente en los ojos de quienes tanto am. Pude ver tu mirada fra, glacial, insensible.

Contra ti no voy a luchar. De sobre s que saldr perdiendo. Desde ahora te lo digo: Me rindo. Pero no por ello aplaudo tu proceder. No por ello dejar de llorar.

Al llegar a este mundo, te traje. Adherida en la piel, creciste conmigo. Las cuencas vacas de tus ojos de mi no se apartan ni por un instante. Recordndome al caer la noche, al rayar el da que no soy duea de m. Podr hacer planes a largo plazo, inventar un mundo, vivir al extremo preparar mi siguiente cumpleaos.

T, slo sonres. Asoman por tus descarnados labios unos dientes, que como colmillos venenosos de serpiente, destrozando van los sueos de los frgiles vivientes. Cuanto ms dulces, ms temprano te los llevas, de un soplo, una mordida, una voraz dentellada.

Y pensar que aunque nos infundes miedo, tambin te buscamos. Eres una paradoja. Un contrasentido. Un absurdo incapaz de descifrar. Te odiamos, pero tambin te amamos.

Te hiciste presente cuando mi madre en el paroxismo del dolor, rasg el velo de la vida y del arcano. No te la llevaste, me la arrancaste para no regresar. Te mir en sus ojos hundidos, en la afliccin reflejada en su marchito semblante, en el temblor de sus labios dolientes. En sus manos que languidecieron. Te palp en su cuerpo convulsionado, inerte. En sus lgrimas, perlas preciosas rodando hasta perderse en la sbana blanca.

En su queja callada. En la voz suplicante. En su tomento y martirio. Te mir cara a cara esa noche que quisiera olvidar. Tu recuerdo taladra mi mente cargndome con una cruz casi imposible de llevar.

Te observ con horror la tarde aquella, que como hiedra te enredaste en su cuerpo cansado. Y lo doblaste, como si hubieses por la espalda asestado una traicionera pualada Judas Cuanto te odi esa hora eterna. Cmo me espant tu asechanza, tu inflexibilidad. A ti, es imposible sobornar. Tirano, asesino, vil gusano carcomiendo el hilo de vida que nos une a lo que ms amamos. Traicionera. Mentirosa. Insidiosa invencible.

A veces llegas temprano, a veces muy tarde. Otras rpido o ms lento. Nadie nos prepara para recibir tu ingrata visita. Eres la vecina que entra sin tocar la puerta y se instala en la sala sin ser invitada.

La segunda cita, ya estaba prevista. Esta vez te estaba esperando. Te presentaste con una larga y macabra carcajada. Paso a paso, en danza ttrica, inhumana. Como un viento, con efluvio a dolor, a camposanto. Te alojaste en los frgiles huesos de aquella a quien tanto am: Mi amiga leal, compaera de diecisis aos, confidente de mis pasiones, guardin de mi casa, mi sentido de seguridad. Y te la llevaste.

Esta vez hasta te financi. Con el corazn sangrando y sin que mi mano temblara, apliqu la dosis letal. Una no fue suficiente. Hubo que repetirse la operacin. Mi alma se qued suspendida por el triste adis. Dolor tan profundo. Brasa ardiente que atorment mi mente otra vez. No tienes compasin. Slo haces tu deber. Desconoces del humano su estructura y sentimientos. No sabes que en la muerte de cada hermano, algo muere dentro de quien le am. Una qued en el camposanto. Otra, hecha ceniza. Polvo tatuado en el alma, en la alcoba donde escuch su respirar doloroso. En cada rincn de esa habitacin. Las dos se fueron. Me las arrebataste. No dejaste mas que recuerdos que no alcanzan a consolar.

Tanatos. Invisible ngel de dolor y la ausencia. S que un da por m llegars. Te estar esperando. No voy a luchar. Quienes me amen tendrn que llorar.

 

Esperanza Perera Coello, Chihuahua 2011