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Sobre el moribundo y la muerte
Universidad Iberoamericana publicación 17-08-1998 Num. 2
Sobre el moribundo y la muerte

Sobre el moribundo y la muerte

 

Por siempre el misterio más grande para el hombre ha sido el de la muerte, por lo que no es de extrañar que también hoy nos hagamos la misma pregunta que se ha hecho la humanidad durante siglos: ¿qué actitud debemos tomar ante la muerte? La respuesta del cristiano – el que ha adoptado en su vida el camino de Cristo- está en función del significado que cobre la muerte dentro de la relación entre Dios y el hombre. Así pues, debemos replantear nuestra pregunta: ¿cuál es la actitud que debe adoptar el cristiano ante la muerte?

En la búsqueda de una respuesta a esta interrogante, encontramos en nuestro camino algunos pensamientos que nos llaman la atención, como la del máximo exponente de la filosofía existencialista Martin Heidegger, quien decía que la muerte del hombre no es un simple hecho biológico que se da dentro del proceso de las cosas naturales. Si la muerte solamente fuera el simple fallecimiento del ser vivo, entonces, ¿para qué angustiarse? En este caso podríamos decir con Epicuro: “Mientras existimos nosotros”. Wittgenstein dice que no existe la muerte, sino que existe el hombre como ser-para-la-muerte. Aceptar esto es encontrar una existencia auténtica, ya que la incluimos en el mismo seno de la vida. Cuando humanizamos la muerte, convertimos la vida del hombre en algo absolutamente personal y único.

La muerte da acceso a la personalización definitiva y a la plenitud de la personalidad humana, en cuanto al querer y al conocer. En el momento mismo de la muerte, la capacidad de un acto personal de libertad, que exprese la totalidad de sí mismo, permite dar la determinación definitiva a la existencia auténtica, como apertura a los demás y a Dios. Lo más importante no está en saber qué actitud vamos a tomar ante la muerte, sino cuál es la que asumimos ante la vida. Así es como imprimimos la visión escatológica del cristianismo, experimentando el propio tiempo como historia ante Dios  y sin evadirnos de la realidad presente.

El hombre tecnológico, el de los países desarrollados vive el fin de sus días y su muerte en medio de un ambiente que quiere evitarse los problemas e incomodidades. El anciano es relegado, en muchas ocasiones, a un asilo para que ahí lo cuiden en sus días finales- la familia ya no lo puede o quiere tener en su seno y por tanto lo exporta. La muerte es como una expresión más de una vida como en clandestinidad, donde se le quita al hombre de hoy su propia muerte.

Hoy se muere fuera de tiempo y de lugar, pues el moribundo suele pasar las últimas horas en este mundo en la sala de cuidados intensivos de un hospital, conectado a venoclisis y ventiladores artificiales, visitado de vez en cuando por una enfermera o médico, que lo único que hace es verificar que todo sigue igual de mal. Le será suministrado un sedante que le impedirá darse cuenta de su situación y la angustia final que pueda sentir no se verá representada en ninguna gráfica o encefalograma. La triste realidad está en que el personal sanitario no está capacitado; ni puede ni quiere ayudarlo en esos momentos finales de encuentro con la muere.

A los deudos se les quisiera eliminar hasta el derecho a luto. Los tabúes sobre la muerte son en la actualidad como lo fue el sexo en el pasado. Todos los que rodean al moribundo, desde el médico hasta el personal sanitario y los familiares, tienen la misión de ocultar al enfermo su estado. No llaman al sacerdote para que le administre la unción de los enfermos para que no se vaya a dar cuenta de que está muriendo;  en el mejor de los casos lo llamarán cuando ya esté inconsciente. Todo esto es porque quieren que la muerte le llegue sin que se dé cuenta, y por tanto, no sufra.  Tratan al enfermo como un menor de edad, tomándolo por su cuenta su esposa u otros familiares. La resultante de esto es que el moribundo pierde su papel de protagonista.

En épocas anteriores se nacía y se moría en público. La buena muerte constituía un derecho y un deber, de la manera que si el moribundo no advertía su situación, esperaba que los demás se lo hicieran saber. Hoy tenemos que considerar que mientras más seriamente tomemos la muerte, con más responsabilidad asumiremos la vida.

El hombre creyente no debe buscar en su reflexión las causas de la muerte, ni en la escritura encontrará una respuesta filosófica del porqué de la muerte. Ahí encontrará que Dios se ha hecho el Dios del hombre, para que le hombre se convierta en el hombre de Dios.

Así pues, habría que replantear la pregunta inicial, no importándonos qué actitud vamos a tener ante la muerte, sino qué actitud tendremos ante la vida.

 

Fernando Menéndez González -  Académico de Administración de Empresas y alumno de Ciencias Teológicas