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La conciencia de la muerte
Gerardo Obregón Hernández
La conciencia de la muerte

La conciencia de la muerte

Es común ver como se olvida a pacientes con alguna enfermedad crónico degenerativa ó en fase terminal, en el mejor de los casos son escondidos en casa pero comúnmente son recluidos en hospitales, amigos y familiares se alejan de él poco a poco con el antiguo y trillado pretexto de no saber qué decir, de no encontrar las palabras indicadas para hacer sentir bien a la persona que a leguas se ve sufriendo, lo anterior no es más que el miedo y la confrontación a la propia muerte, a estas personas y familiares habría que explicarles que el paciente sólo necesita compañía, una compañía que lo hace sentirse vivo, importante y que pertenece aún al mundo de los vivos, que sigue siendo padre, amigo, esposo, compañero, de lo contrario se le trata como muerto en el mundo de los vivos, lo cual ocasiona un sinfín de emociones encontradas  que sumadas a los padecimientos propios de la enfermedad, agudizan y minan la calidad de vida de cualquier persona.

Actualmente la medicina ha avanzado tanto que los pacientes pueden llegar a disfrutar del placer de no sentir dolor, me refiero a un dolor físico, biológico,  ¿pero qué pasa con el dolor emocional, con el dolor psicológico, con ese dolor relacionado con la soledad, con la angustia, con la tristeza, con la espera de los seres amados? ¿En qué hospital de alta especialización se trata este tipo de dolor? ¿Cuántos de nuestros pacientes pueden despedirse de esta vida aliviando todos sus dolores?

Ya que los hospitales están saturados no es probable que se le pueda dar este tipo de atención a los pacientes, aunando que los médicos están entrenados para curar no para consolar ni acompañar, también es necesario entender este punto que es elemental pero no la base fundamental  de este escrito, por lo cual  no profundizaré en él.

La base fundamental del apoyo y la comunicación  es la familia, pero es cierto que si es complicado ver a un compañero o conocido enfermo y con probabilidades de morir es más complicado aún ver a un familiar y más si este familiar es cercano, si es un padre, un hermano, una madre, cada uno tiene su grado de complejidad, cada uno duele diferente y cada uno se sufre por lo que significa en la vida del doliente, es una experiencia que nos confronta aún más con la propia muerte, pero al hablar de la muerte o el sufrimiento se deben tomar los diferentes ángulos, ya que  no sólo el enfermo sufre, es claro que el enfermo sufre sus pérdidas, pérdidas cómo la autonomía, la salud, el sentirse parte de una sociedad, el no ser  ya una persona productiva entre muchas más  y en el mejor de los casos las elabora y trabaja, pero las pérdidas que tienen los dolientes pocas veces se toman en cuenta, no es lo mismo perder un padre a una madre, o perder a un hermano mayor a un hermano menor, de igual manera el sufrimiento y la percepción de la pérdida es diferente, también depende de la historia de vida que se tenga con el enfermo.

Nuestra labor cómo tanatólogos es titánica, debemos encontrar el punto medio en el cual el paciente y los familiares que le rodean y quieren compartan y convivan con la muerte como un proceso de vida, nunca reprimiendo los sentimientos de dolor y tristeza, nunca olvidando que todos sufren de manera distinta, y siempre orientando e impulsando a la comunicación abierta a la expresión de miedos y emociones que nos consumen en los momentos más complicados.

Es importante hablar sobre la muerte recordando que hablar de ella no es invocarla, saber  que la información y deseos que  proporcione el paciente sobre sus últimos días serán de gran utilidad tanto para él como para su familia.

Termino con un fragmento relacionado:

“Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda prisa;

déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese

y un escribano que haga mi testamento ,

que en trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma;

y así suplico que en tanto el señor cura me confiesa, vayan por el escribano”.

 

Gerardo Obregón Hernández