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La muerte de un hijo
Ana María Galicia Mora
La muerte de un hijo

LA MUERTE DE UN HIJO: SUCESO CONTRA-NATURA

Toda forma de vida tiene un ciclo que se renueva cada vez que se reproduce, cumpliendo así un orden fijado por las leyes de la Naturaleza. Esos lapsos son distintos y depende del lugar que ocupa el organismo en la evolución de las especies. Desde la perspectiva humana, la longevidad está determinada con base en promedios obtenidos de registros estadísticos, principalmente. Se ha logrado determinar, por ejemplo, con cierto grado de certeza que la esperanza de vida de los organismos está comprendida en un intervalo cuyo límite superior se fija en decenas de miles de años, como el árbol de Tasmania, “Lomatia tasmanica”, (43600 años), y el inferior tan sólo en tres semanas, como la mosca común.

El hombre, al asumirse como un ente superior ante las otras especies del planeta, se ha generado a sí mismo una frustración patológica, producto de su deseo de  permanencia. Ante su perecedera existencia, la conciencia, lo ha llevado a racionalizar esa esperanza creando dioses y religiones para buscar la eternidad y negar su mortalidad.

De acuerdo a las estadísticas, las mujeres son más longevas que el hombre. Y esto tal vez se explique por su naturaleza receptora de la vida. Su organismo se vuelve más resistente creando más y mejores  defensas frente a las amenazas del exterior que ponen en riesgo el nacimiento de su hijo. Por supuesto, el varón, cuando asume el rol natural de proteger a la hembra, de alguna manera fortalece su organismo también. Cuando las condiciones anteriores se cumplen, el amor al los hijos viene a compensar la angustia que le genera su fugaz permanencia en el mundo porque, en cierta forma, eso le permite o le da la ilusión de trascendencia. A Los padres, en consecuencia, les resulta lógico que sus hijos les sobrevivan. Y eso esperan;  su inconsciente  les lleva a negar la posibilidad real y natural que suceda lo contrario.

La vida sería insoportable ante esa esquizofrenia dolorosa, generada por la  angustia de perder lo que más se ama. La parálisis física y psicológica que sufren algunos dolientes paternos, es tan grande que se refugian  en el aislamiento total  y nace el temor a procrear más hijos. “A los padres, hermanos y abuelos de un niño asesinado les cuesta mucho más aceptar su muerte que a aquéllos que contaron con tiempo para adaptarse, prepararse y lamentarse. No sólo no cuentan con esa fase preparatoria, por breve que sea, sino que tampoco tienen la oportunidad de decirles adiós”.*1

Lamentablemente, eso sucede y nadie puede estar preparado para ello, sobre todo cuando la pérdida es derivada de un acto temprano, repentino y violento. Por ejemplo, cuando un joven se suicida,  muere por un accidente  o es asesinado. El dolor es tan inmenso e intolerable que induce a los progenitores al suicidio por los sentimientos de culpa; o la venganza, por la rabia y odio en segundo caso. Si no existe un Tanatólogo que se ocupe oportunamente de atender esos casos de pérdida trágica,  las desgracias se verán multiplicadas en sucesos que rompen la estabilidad de las familias. Situaciones como las anteriores, hacen evidente la necesidad de continuar investigando sobre la Tanatología y formar profesionales que la ejerzan con eficacia, pertinencia y con profundo sentido humano.

 Es el tanatólogo que se encargará de hacer comprender que el deceso de un hijo (o un ser querido) es  un hecho que requiere ser aceptado y  afrontado sin miedo. Es su responsabilidad dar la ayuda y generar esperanza en el doliente para superar su tragedia. Asimismo, acompañar a los padres en ésta difícil  situación; de tal modo, que vivan las etapas del duelo (Dolor-rechazo-enojo-negociación-aceptación-reconciliación) de modo que  recuperen su autonomía para vivir. *2

ANA MARÍA GALICIA MORA

 

*1. KUBLER Ross, Elizabet: Los niños y la Muerte. Ed. Luciérnaga Océano. España. Pp. 132